Paseando por la tienda me encontré con la estantería mediática. El atril de lo moderno. Una pequeña sección reservada unicamente a las series que están en el candelero mediático. Para entendernos, que han sido adaptadas al anime, a serie televisiva de imágen real o largometraje para salas de cine. Tengo una foto que saqué a escondidas.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
En la librería
Por fín he averiguado cuál era el motivo del día de fiesta del martes 3 de Noviembre: el día de la cultura (文化の日, bunka no hi). El día siguiente continuó mi búsqueda (de momento infructuosa) de mangas de Wangan Midnight, celebrando la cultura en la librería de Jusco. La selección no era muy grande que digamos, y la sección Young Magazine estaba totalmente descabezada. Lo más parecido a la venta era el volumen 39 de Initial D.
martes, 3 de noviembre de 2009
Sueños de una biblioteca de manga
"He soñado con una biblioteca", me dice. "Estaba en España, y era una habitación grande y cuadrada, llena de ventanas. Fuera estaba nublado, creo que llovía. Había muchos libros, y también manga, pero las colecciones estaban incompletas. Por ejemplo, Vagabond (de Takehiko Inoue) empezaba en el volumen 20. De otras series faltaban tres volúmenes, y así. Además, los libros no estaban catalogados con un código, ni tenían un cuño de biblioteca, excepto una serie. Touch (de Mitsuru Adachi) tenía código y cuño, y estaba editada en tres volúmenes gigantes, como si fueran guías telefónicas. El resto de series estaban puestas en la estanterías de cualquier manera, con los libros medio caídos".
Cuando Serino me cuenta su sueño, me hace sonreír. Es cierto que le he estado hablando de mi idea de crear una biblioteca de manga casi a diario. Este concepto nació en mi cabeza hace años como una salida lógica a la creciente colección de manga que he amasado con los años, pero sólo tardé un segundo en comprender que organizar y compartir mi colección, que calculo debe rondar ya los tres mil volúmenes, con otros aficionados y estudiosos, era una labor de no poca importancia a la hora de contribuir al avance de esta cultura. Por supuesto, no soy el único con este tipo de ideas. El viernes de la semana pasada, la universidad Meiji de Tokio anunciaba su intención de crear una biblioteca de manga, la primera en su género en Japón. Su apertura se plantea para el año 2015. Las palabras de Susumi Shibao, bibliotecario en la citada universidad, deben parecer inofensivas para un lector casual de periódicos, pero yo no he podido ni querido evitar ponerme solemne: "En el pasado, el manga se ha tomado a la ligera, con lo que no existía un archivo suficientemente sólido para realizar estudios académicos. Deseamos apoyar estudios sobre manga como una parte importante de la cultura japonesa". Se ha anunciado la construcción de un edificio de cinco plantas y 8 500 metros cuadrados en el que se calcula poder albergar alrededor de dos millones de piezas, desde libros a revistas pasando por acetatos de animación y hasta videojuegos. "El grueso inicial del catálogo se compondrá de la colección personal del crítico de manga Yoshihiro Yonezawa, que consta de 140 000 volumenes.", dice la web de la BBC. Yonezawa falleció hace tres años, con tan solo 53 años, víctima de un cáncer de pulmón. Era el crítico de manga más eminente del país y miembro fundador del Comike, la convención de cómics más grande del mundo.
Por la tarde hemos visitado el Book Off más cercano a casa, junto a la estación de Shirokanedai. Desde hace cosa de un mes estoy escribiendo editoriales sobre manga para una empresa de Los Ángeles y necesito material. Quería conseguir los primeros volúmenes de Wangan Midnight a un precio razonablemente barato (100 yenes). Cualquier cosa más cara no merece la pena, porque para pagar 350 yenes, es mucho más decente pagar 500 por los tomos nuevos y apoyar a la industria. De cara a la estantería de ediciones de gran tamaño he recordado la edición inexistente de Touch en formato gigante. Me ha venido con tal intensidad a la cabeza que creía que mis ojos se iban a posar sobre los tres tomos gigantes de Touch en cualquier instante.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Patatas con Paprika
Hoy, al salir de la oficina a eso de las ocho me ha saludado una racha de viento fuerte y helado. Llovía a ratos. Hace un par de días, mientras daban el tiempo en televisión se mostró un gráfico con dos muñecos estilo manga. Uno era el invierno, que soplaba al otro, el otoño, fuera de la escena. Cada muñeco llevaba su kanji correspondiente en el pecho. Otoño: 秋 (aki), invierno: 冬 (fuyu). Me meto a esperar a Serino en Jusco, el aséptico e impoluto gran almacén que hay justo frente a mi oficina, a lado de la estación Shinagawa Seaside de la línea Rinkai. Estamos en Tokio, Japón. Es lunes, primer día de trabajo de la semana. Mato tiempo mirando maquetas de Gundam en la juguetería. Me llama al móvil. Acaba de salir de trabajar y se muere de frío, dice, y me encarga que le compre unos guantes. "De 100 yenes, me da igual el diseño, te lo dejo a tí" (任せる, makaseru). Está viniendo en bicicleta desde su oficina, también muy cercana. Consigo los guantes en la mejor tienda de todo a cien del mundo, Can Do. Estan al lado de unas galletas de Meitantei Conan. Elijo unos de color crema, de muy buen aspecto y tacto agradable y cálido, aunque puedo notar el tejido sintético sin mirar la etiqueta. Aun así, me siento culpable de que con cien yenes se puedan comprar unos guantes tan buenos. En los cinco segundos que tarda en llegar mi turno de la caja dedico un pensamiento a los trabajadores en la fábrica de China donde se confeccionan guantes de calidad más que aceptable a precios más que incomprensibles. Pensamiento inútil, como un barco de cartón. De momento. Compro los guantes. Mañana es fiesta, y hemos decidido cocinar una cena un poco más elaborada de lo normal y comerla viendo una película, como dos ancianos. El menú ha terminado siendo patatas a lo pobre, sopa miso y queso español cortadito en lonchas, del que mi familia ha escondido en las maletas durante las visitas que nos han hecho durante el verano. Lo estiraremos hasta la primavera a no ser que la gama de quesos que se ofrecen en Japón mejore mucho en calidad a la par que baja mucho de precio. Las patatas han acabado llevando cebolla y beicon, y las hemos frito con toneladas de ajo. Con el aceite restante hemos frito también unos huevos, con lo que al final la cosa no ha sido tan de pobre, ni en sabor ni en cantidad. Comida española y japonesa en la mesa, sin que se nos ocurra pensar ni un momento en si combinan o no. El cruce cultural en la cocina está más que asumido, ya no llama la atención. Llevamos diez meses juntos. "Te ha salido mejor que a mí", dice Serino refiriendose a mi sopa miso. No se si mejor, pero igual de buena sí. Ella ha guiado todos mis pasos, desde cómo debía desmenuzar la pasta de miso en el agua hirviendo hasta cuándo debía echar el alga konbu, pasando por los trucos finales que consisten en echar un poco de mirin (sake dulce) y un chorrito de salsa de soja. Serino ha elegido la película. Yo no tengo problema en dejarle elegir. No solemos ver muchas películas juntos, porque ella se duerme enseguida. Yo soy capaz de ver tres seguidas y acostarme a las cinco aunque al día siguiente tenga que estar a las diez en la oficina. Ayer lo hice, por ejemplo. De un maletín de 320 DVDs repleto de anime de todo tipo, films de Hollywood, series japonesas y norteamericanas de televisión y dos años de partidos de la NBA, le toca el turno al fabuloso largo de Satoshi Kon, Paprika, que compré en una lujosa edición pirata en Shanghai hace ya casi dos años. Yo ya la he visto una vez por lo menos. Para Serino es la primera. "Esta peli es estupenda" (素敵, suteki), digo nada más empezar, mientras el payaso circense sale con esfuerzo de un coche minúsculo, su cuerpo desplegándose de forma imposible y recuperando elásticamente sus proporciones normales en la breve secuencia que abre el film, y que está, como lo está el resto del metraje, animada de una forma tan magistral que no hay palabras capaces e describirlo. Antes de que las poderosas imagenes del filme se instalen definitivamente en nuestras cabezas, alcanzo a reconocer la voz de Tooru Furuya. Es el científico gordito. No está mal como guiño a toda una generación. Furuya es una celebridad en Japón por su memorable papel de Amuro Ray en Gundam. Aquí pone voz a un gordo descomunal, a primera vista alejado del heroe adolescente y bien parecido del legendario anime de robots. Minutos después, los puntos de conexión están ahí. Ojos aborregados. Amor por todo lo mecánico. Pureza, inocencia. Hasta se convierte en un robot de lata de anticuario durante uno de los sueños que se intercalan en este maravilloso largo. Le comento a Serino, "la voz es la de Amuro". Asiente con desgana. Yo tuve que vérmelas con Amuro profesionalmente el año pasado y aún me dura el trauma. Es batalla para contar otro día.
En nuestra basura, una caja usada de huevos con patrocinio de la serie de Bandai Tamagotchi espera ser reciclada. Los dos huevos fritos con patatas y pan, los dos tazones de sopa miso y las tres horas de sueño de la noche anterior surten efecto y pego un ojo durante la segunda mitad de Paprika. He llegado a tiempo de despertarme para ver unos créditos llenos de animadores coreanos. La película, producida por MadHouse, era de una calidad gráfica absolutamente desorbitante, espectacular, hipnótica, con muchas secuencias que huelen deliciosamente a rotoscopia, una laboriosísima técnica que consiste en copiar los dibujos de imágenes reales. Haber hecho Paprika con este nivel estratosférico de animación y talento únicamente japonés hubiera multiplicado su presupuesto por... ¿dos, tres?. Paprika no es Akira, aunque Kon trabajó con Katsuhiro Otomo en Roujin-Z. Akira, que sigue sin ser superada como baluarte de la animación tradicional con estilo realista, sí se hizo íntegramente en un Japón en plena burbuja económica. Me acuerdo de los guantes baratos fabricados en China y me pregunto si el primer pelotazo global de anime chino o coreano llegará en tres o en cinco años. Antes de irnos a dormir conseguimos fregar los platos y al acabar trasteamos un poco en nuestros ordenadores. Yo escribo esto, Serino ve vídeos de su última pasión, la técnica japonesa de decoración de uñas (ネイル, neiru, del inglés nail) que quiere dominar en cuanto tenga tiempo. Mi cuerpo se rinde, me voy a la cama a la una y media, todo un alarde de prontitud para mí. Antes visito al señor Toto, equivalente japonés de otro señor español al que todo el mundo conoce llamado Roca. Serino está leyendo Dragon Ball por primera vez, y hay volumenes por toda la casa. Al lado de la cama, al lado del sofá, y junto a la taza del váter, que es donde los he estoy hojeando, aprovechando la coyuntura. Llevo años sin siquiera hojearla y la fuerza de cada viñeta me estruja el hipotálamo. Me acuesto. De mi bolsa sobresale una copia americana de Tekken 6 para PlayStation 3, en la que viene mi versión en castellano de los golpes especiales de Miguel, primer personaje español de la saga. Esa es otra historia para contar con calma.
Supongo que lo habéis captado. Manga, anime, videojuegos y cultura japonesa de entretenimiento en general me envuelve de manera inevitable, casi invisible por lo perenne. En casa, en el trabajo, en la calle, en mi mente, en todas partes. Yo conseguí hacer mi sueño realidad, con todo lo que conlleva. Esto pretendo contaros, poco a poco. Contar qué dan de sí doce meses de manga.
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